Ganadores Cuentos de Invierno

Luego de una exhaustiva revisiónGanadores y jurado, Cuentos de Invierno de los textos, el jurado, compuesto por la profesora de Literatura Creativa, Gabriela Precht, y la egresada de Periodismo y escritora, Montserrat Martorell, determinó que el primer lugar del certamen es para el cuento titulado; “Paraguas”, de Evelyn Mella, de la carrera de Educación Parvularia.

El segundo lugar lo obtuvo “Detrás del cristal”, de Clarisa Soto, alumna de Odontología, y el tercer lugar fue para “Nuestras Inviernegrías”, de Tomás Fábrega de Periodismo. Los ganadores recibieron una giftcard de $100.000, $60.000 y $40.000 respectivamente, según el lugar obtenido.

La entrega de los premios se realizó el pasado jueves 26 de octubre en la Biblioteca Nicanor Parra, lugar donde los ganadores compartieron, leyeron sus historias y tuvieron la oportunidad de conversar con el jurado y recibir un feedback sobre sus cuentos.

Acá te dejamos los cuentos ganadores:

Primer lugar: Paraguas – Evelyn Mella

La excusa perfecta para que tú y yo nos viéramos era ir a la U a intercambiarnos unos juegos de pc. Amaneció lloviendo con gran intensidad, esa que desborda las calles de Santiago y desparrama paraguas mutilados por el vendaval de invierno. –No importa- pensé hacia mis adentros –voy a ir igual-. A pesar de los meses parados de ese 2013, del frío desmesurado de las miradas ajenas, de los pronósticos infructíferos de lo que entre nosotros podría pasar, fuimos. Invitamos a nuestra amiga en común para que nadie notase la insistencia del verano caluroso de nuestros ojos. La prohibición de ser las segundas personas parecía atraernos como un imán aterido al frío de otro. Y ahí nos encontramos: tú bajo el paraguas de mi amiga inocente, yo bajo el paraguas a cuadritos que cubría las inmensas ganas que tenía de verte.

El pelo espigado, la corona dorada de ese despunte intranquilo se balanceaba frente a mis ojos mientras intentaba poner atención a las palabras de la Andre, pero solo escuchaba un balbuceo inquieto detrás del titilar de tus párpados atentos a mi boca.            -“¿Me trajiste los juegos?- preguntó ella de una y asentiste sin emitir sonido alguno. “Voy a la biblioteca a sacar unos libros mientras dura el paro”- comentó la Andre y fue la única oración completa que pude escuchar detrás del fuego que iba evaporando las gotitas hibernantes y enviándolas como surrealismo puro devuelta a las nubes. –Andre, anda no más, tu paraguas está goteando y yo puedo quedarme afuera con él esperándote- por fin dijiste, y como un pacto sin palabras ambos supimos que ese era el momento. –Mi paraguas también gotea por la lluvia, anda, Andre, te esperamos afuera- logré soltar.

Y lo que sucedió después solo queda como una muestra mágica de una situación rutinaria en una tarde de invierno en la que nadie supo nada: abrí el paraguas doble, que el día anterior compartía con otro, nos metimos dentro y solo escuchamos el latir de nuestros corazones, esos que sonaban diciendo que todo se acabaría al sacar el paraguas campaneante de gotitas heladas de nuestras cabezas. Un candor fugaz de nuestros labios para el adiós definitivo de ese espacio entre los dos que fue abortado una tarde de agosto afuera de la biblioteca. Salió la Andre, nos despedimos como si nada, caminé hasta el paradero fundiendo las gotitas calientes de mi cara con la lluvia arreciando mi rostro sin ningún paraguas.

Segundo lugar: Detrás del cristal – Clarisa Soto

Ya no recordaba cuanto tiempo había pasado desde que aquella misión llegó a su oficina, sin embargo, tenía la certeza de que no se resolvería solo con estar mirando caer la nieve desde el umbral de la puerta en la casa abandonada, que alguna vez había pertenecido a Javier, la víctima. No habían encontrado rastro de su cuerpo, pero sus familiares aún creían que podía estar vivo; ingenuos pensó, aunque ni siquiera sabía por qué aquel pensamiento a su vez le había causado tanta gracia. Había decidido ser una detective porque desde pequeña le había gustado hallar al culpable entre mil desconocidos, encontrar respuestas y darse cuenta que estaba en lo cierto, solo para que algún adulto dijera “¡bien hecho Lucy!”. Pero no entendía por qué con este caso se sentía desmotivada.

Miró el cielo, los copos de nieve habían comenzado a caer otra vez, eran suaves cristales cayendo, diseminando su brillo en aquel mundo escrito en un lenguaje escurridizo, reflejando su rostro cansado por caerse cada día en el pozo de la inercia. Comenzó a recorrer el bosque que se extendía a los pies de la casa, antes que la nieve borrara las huellas que la víctima había dejado tras su huida, coincidían con el número de calzado que los parientes habían notificado, sin embargo se perdían justo al llegar al río. “Se debe haber caído al agua”, pensó, se estaba parando otra vez desilusionada como cada día, cuando sintió el cálido toque de una mano posándose sobre su hombro. Se giró sobresaltada, sorprendida al ver que se trataba del mismo hombre de la fotografía del caso, pero ¿por qué la felicidad no había llegado? La tierra se había desteñido de todo color y entre todos aquellos pensamientos que la invadían, recordó que su mayor recompensa todas las veces había sido la misma: autosatisfacción.

-Lo siento- le susurró a Javier, cuya sonrisa se transmutó a desolación al ver la pistola en las manos de la detective. El sonido de la bala hizo eco en aquel paisaje inhóspito. Lucy corrió a la intemperie, por entre medio de los árboles teñidos de un gélido blanco, el frío recorrió su cuerpo recordándole su verdadera naturaleza, tropezó y cayó al suelo. Su rostro, reflejado contra el espejo que formaba el hielo, no mostró arrepentimiento y antes que algún atisbo de aquello apareciera se levantó y corrió, más allá de todo lo que podía ser considerado humano.

Tercer lugar: Nuestras Inviernegrías – Tomás Fábrega

Santiago de Chile recibe a la Cumbre Interamericana del Invierno Recóndito y Rejuvenecido. Las y los exponentes de la CIIR sostienen que Chile cumple un papel estelar en la defensa del invierno como forma agigantada de vivir y del inviernismo como cosmovisión futura, no hay mayor resistencia al calentamiento global, dicen. Miro para atrás y pienso, esta es la capital del país chileno, pero lo es también de la temporada privilegiada: el invierno.

Mis hijos aprenden en el liceo que han empezado a desaparecer las estaciones intermedias. Mi viejo recuerda lo que fueron los otoños y las primaveras. Encuentro en el diario de vida de la abuela todo lo que fue pasar por charcos, canales desbordados en las comunas de La Reina y Peñalolén, bicicletas cruzando continentes de agua y lo que fue alguna vez “abril lluvias mil”. Eso era comer sopaipillas, mirar las cordilleras nevadas y ausentarse de clases suspendidas.

Junto a mi comunidad de amigos no sabemos sino pensar en que nos golpean desde un cielo triangular, nos trituran y nos intentan demoler, nuestros enemigos nos intentar demoler, nuestros enemigos, sí, aquellos que se apellidan amargados, por el solo hecho de autodenominarnos inviernistas. Concordamos en que lo más sensato es emigrar. Procedo a retirarme y luego, me enfrento a dos chilenos debatiendo en el metro acerca de lo que es el invierno, es la ausencia de calor, dice el uno. El otro, grita, se ataranta, pero intenta decir que invierno es la acumulación de climas en bonificación. Estos compatriotas discuten con treinta años de retraso. Mejor, clausuremos cualquier disputa llamándole inviernegría. En mi retiro estiro las piernas hasta llegar a casa. Hay que emigrar, a tontas y a locas.

Me acorruco otra vez en mis lecturas tales como Ray Bradbury, Julio Verne y recuerdo cuanto odio a la literatura futurista, bajo un tanto el calor de la estufa, pienso en la película de la medianoche, recorro todos mis caminos en busca de mi último antojo gastronómico. Pienso en la última vez que fui feliz sin la compañía de los tiempos invernales y en la emoción de un próximo cambio del huso horario para ver multiplicadas nuestras horas junto al frío